Temas de salud, gentileza de Omme Healthcom.
Nutrición y su evolución en el tiempo
Nutrición y su evolución en el tiempo
Las
necesidades nutricionales de los humanos actuales surgen a partir del proceso
evolutivo de varios millones de años durante el cual los cambios genéticos
reflejan las circunstancias vitales de nuestras especies antecesoras. Pero,
desde la aparición de la agricultura 10.000 años atrás y especialmente, desde
la revolución industrial, la adaptación genética ha sido incapaz de mantener el
paso del progreso cultural. La selección natural ha producido sólo alteraciones
menores durante los 10.000 años pasados, por lo que permanecemos casi idénticos
a nuestros últimos ancestros del Paleolítico y su patrón nutricional continúa
teniendo relevancia. La dieta pre-agricultural pueden ser considerada como un
posible paradigma o estándar para la nutrición humana contemporánea. La ciencia
de la nutrición se basa directamente en investigaciones epidemiológicas,
bioquímicas y animales; el último árbitro en este campo puede ser sólo el
laboratorio experimental y la investigación clínica. Esas aproximaciones pueden
ser completadas, todavía, por una visión con perspectivas evolucionistas.
Necesidades energéticas
Los humanos del Paleolítico eran tan altos como los
actuales. Los restos de esqueletos
muestran que desarrollaron una mayor masa magra. Las demandas físicas de la
vida durante el período agrícola fue también fatigoso. Hasta la revolución
industrial no se disoció la productividad del gasto calórico humano. Por
ejemplo, la mecanización de granjas en Japón redujo la media de gasto en el
trabajo por encima del 50%, mientras que la proliferación de artilugios
laborales entre 1956 y 1990 en Bretaña redujo el gasto calórico en un
sorprendente 65%.
La altura, robustez y la inevitable ‘fisicalidad’
de los humanos pre-agriculturales determinaba una ingesta calórica mayor que la
de la mayoría de occidentales del s. XX.
Estudios recientes con cazadores-recolectores
señalan que estos son delgados, con pliegues de grasa cutánea la mitad de
gruesos que los de los comparables por edad en la actualidad.
Por lo tanto, nuestros remotos ancestros debieron
haber existido en un ambiente de mayor energía caracterizado por un mayor gasto
y una mayor ingesta que en la
actualidad. Además, la caza y plantas salvajes contienen menos grasa, más
proteínas y más micronutrientes por unidad de peso que los alimentos típicos
que encontramos en los supermercados hoy.
Como resultado, los altos requerimientos calóricos
de los humanos del Paleolítico habrían necesitado una ingesta considerablemente
superior de nutrientes y fibra a lo común hoy día.
Micronutrientes y
fitoquímicos
Frutas, raíces, legumbres, frutos secos y otros
no-cereales proporcionaban 65-70% de la media de la base de subsistencia. Eran
consumidos en horas de recolección con un procesado mínimo y a menudo sin
cocinar. Esos alimentos y la caza se
caracterizan por un alto contenido de vitaminas y minerales relativos a su
energía disponible. Las autoridades sanitarias tradicionalmente recomiendan
niveles de ingesta de nutrientes esenciales adecuados a las necesidades
metabólicas conocidas. Sin embargo, asumiendo un patrón 65:35 planta:animal y
3000 kcal/día, parece ineludible que nuestros ancestros preagriculturales
debían tener una ingesta de la mayoría de vitaminas y minerales por encima de
las recomendaciones actuales, tanto en términos absolutos o en relación a la
ingesta de energía.
El contenido de fitoquímicos no-nutrientes en
alimentos vegetales salvajes es desconocido, sin embargo es plausible sospechar
que su concentración puede ser relativamente alta, igual que la de los
micronutrientes. El rol fisiológico de esas sustancias que son inhibidores de
las proteasas, isocianatos orgánicos, compuestos organosulfurados, fenoles y
flavonoides no ha sido establecido, pero su posible función como modificadores
de la respuesta biológica y/o como compuestos quimioprotectores atraen
continuamente la atención de las investigaciones.
Electrolitos
Los humanos pre-agriculturales consumían, según lo
calculado 768 mg de Na, pero 10.500 mg de K al día (los americanos actuales
4000 mg Na, 75% añadido; 2500-3400 mg K).
Las potenciales implicaciones de la ingesta de
electrolitos en el Paleolítico aparece aparentemente en el Intersalt Study
(Intersalt Corporative Research Group, 1988) cuyos protagonistas incluidos son
los Yanamamo y los Xingo amerindios y los Asaro de Nueva Guinea. Estos grupos
son horticultores rudimentarios , que están relativamente aislados y sus
alimentos, como los de los cazadores-recolectores, no tienen sal añadida. Su
ratio Na/K es 0,13, similar a la calculada para los humanos preagricultores
(0,07). Estas tribus estudiadas mostraron una menor presión sanguínea (102/62),
ningún incremento de presión se produce con la edad y presentan una mínima
prevalencia de hipertensión (0,6%).
Carbohidratos
La ingesta típica de H de C de los humanos
ancestrales era similar en magnitud –45-50% de la energía diaria- a la de las
naciones prósperas actuales, pero con una marcada diferencia cualitativa. Bajo
la mayoría de circunstancias durante el final del paleolítico, la mayor parte
de H de C se deriva de verduras y frutas, muy poco de cereales en grano y nada
de harinas refinadas. Las actuales recomendaciones, que determinan un consumo
humanos de 55% o más de su energía en forma de carbohidratos, es ligeramente
alta comparada con las estimaciones de la experiencia evolucionaria humana,
pero la diferente composición de los H de C involucrados probablemente presenta
implicaciones más importantes. Sólo el 23% de los carbohidratos consumidos por
los americanos está derivado de frutos y vegetales y para los europeos la
proporción es aún menor. El corolario es que los humanos pre-agriculturales
consumían aproximadamente tres veces los vegetales y frutos que la dieta
occidental de hoy. Su dieta sería parecida a los veganos de hoy, cuyo consumo
de vegetales, raíces, frutas y bayas es 2,6 veces la de un omnívoro equiparable
y cuya ingesta de vitaminas antioxidantes es del 300%.
Muchos de los H de C consumidos en la actualidad
son azúcares y endulzantes. Esos productos, junto con alimentos hechos con
harinas refinadas proporcionan calorías vacías (energía sin aporte de aa
esenciales, AG esenciales, micronutrientes y fitoquímicos).
Los cazadores-recolectores utilizaban muchos tipos
de frutas y vegetales, a menudo por encima de 100 en cada localidad.
El índice glicémico de alimentos provenientes de
plantas salvajes es, en general, menor que los alimentos derivados de la
agricultura (patatas, pan, pasta, arroz,...). El efecto directo es que los
carbohidratos de las fuentes actuales se digieren y absorben más rápidamente
que en la antigüedad, factor de potencial relevancia en la etiología de, por
ejemplo, la diabetes.
Grasa
Existe una opinión unánime de que la grasa saturada
debería suponer menos del 10% de la E diaria, quizás 7-8%. Similar consenso
existe sobre altas ingestas de colesterol (>500 mg/día) debe ser evitado y
una ingesta de 300 mg o menos debe ser defendido. El objetivo sobre consumo de
grasa debe estar entorno a 30-35%.
Los AG saturados proporcionaban cerca del 6% de la
E a los humanos del Paleolítico. Su ingesta estimada de colesterol es de 480
mg, inevitable cuando la caza constituye una tercera parte de la base
nutricional y su ingesta total de grasa
es proyectada hasta el 20-25% de la E total, intermedia entre la dieta
tradicional japonesa (11%) y la mediterránea (37%).
PUFA
En países prósperos, los PUFA n-6 son
aproximadamente 11 veces los n-3, pero el ratio en dietas vegetales es cercana
al equilibrio, yendo de 4:1 a 1:1, un rango parecido al ratio de los primates
libres. Muchas investigaciones se han centrado en los inuit de Groenlandia, con
ratios n-6/n-3 de 1:40; sin embargo, su explotación extensiva de las fuentes
marinas no concuerda con la observada paleoantropológicamente en los orígenes
humanos en la sabana. La cadena alimenticia de la tierra proporciona ácido
linoleico y linolénico de fuentes vegetales, así como sus derivados
desaturados/elongados AA y EPA/DHA de tejidos animales. La prominencia de la
caza en la dieta típica de los cazadores-recolectores produce altos niveles de
AA, EPA y DHA en sus lípidos plasmáticos en relación a los encontrados en los
occidentales.
AA es el precursor metabólico de poderosos
eicosanoides como el tromboxano A2 y las cuatro series de leucotrienos. PUFA
n-3, especialmente EPA y DHA, aparentemente modulan la biosíntesis de
eicosanoides desde el AA, por lo que la formación de eicosanoides
proagregativos y vasoconstrictores se reduce. Por ese efecto, parece que el
ratio n-6/n-3 PUFA en la dieta, mejor que el aporte absoluto de PUFA n-3 es el
factor decisivo. Además, los PUFA n-6 pueden actuar como promotores de la carcinogénesis,
una propiedad aparentemente ausente de los PUFA n-3. Teniendo en cuenta esas
consideraciones, muchos investigadores han defendido la vuelta al ratio n-6/n-3
de los ancestros humanos.
Proteínas
El consumo retrocalculado de proteínas por los
humanos del Paleolítico, típicamente por encima del 30% de la E diaria, es
difícil de conciliar con el actual 12% recomendado. La RDA es actualmente
0,8-1,6 g/kg/d, que contrasta con el 2,5-3,5 g/kg/d de la edad de piedra. El
consumo observado de otros primates, como chimpancés, gorilas y otros es
también mayor que la ingesta recomendada para humanos, yendo desde 1,6 hasta
5,9 g/kg/d. Sería paradójico si los humanos que durante la evolución añadieron
la caza y las habilidades carroñeras a su más alta herencia primate, debería
ahora de algún modo ser dañado como resultado de la ingesta de proteínas
tolerada habitualmente o aún requerida por sus parientes próximos.
Estudios epidemiológicos han relacionado una alta
ingesta de proteínas con cáncer, especialmente de mama y colon, pero la
evidencia es inconsistente. Estudios de correlación entre países muestran que
dietas altas en carne tienen una alta correlación con enfermedad coronaria
aterosclerótica, pero esas dietas se presentan asociadas con altas ingestas de
grasa saturada. Además, las dietas altas en carne en países industrializados
tienden a estar restringidas en alimentos vegetales, especialmente frutas y
verduras, que pueden incrementar la susceptibilidad al cáncer y aterosclerosis.
De igual modo, la alta ingesta de proteína animal de los humanos
pre-agriculturales, generalmente ocurren en un contexto nutricional bajo en
grasa y de un consumo elevado de fruta y verdura. En esas circunstancias una
dieta alta en proteínas puede en realidad aumentar el colesterol HDL, mientras
que bajaría el colesterol total y los TG, de ese modo reduciendo el riesgo
cardiovascular.
Una alta ingesta de proteínas purificadas y
aisladas incrementa la excreción urinaria de calcio. En dietas naturales altas
en proteínas también se incrementa el P, aumentando el riesgo de osteoporosis.
Los humanos del Paleolítico desarrollaban un elevado pico de masa ósea,
probablemente reflejando sus niveles habituales de actividad física junto con
un amplio consumo de calcio. Parecían experimentar menor pérdida ósea que los
subsecuentes agriculturistas con dieta baja en proteínas.
Las dietas altas en proteínas deberían empeorar el
curso de la insuficiencia renal crónica. Sin embargo, las causas más
prominentes de la enfermedad renal, diabetes e hipertensión, son raras entre
los ‘forrajeros’.
Fibra
El análisis de los vegetales consumidos de los
cazadores-recolectores estudiados y la evaluación de los restos coprolíticos de
los nativos americanos arcaicos sugieren
que la ingesta de fibra pre-agricultura
excedía los 100 g/día. Los chinos rurales consumen 77 g y los africanos rurales
de 60 a 120 g/día. Chimpancés y otros primates superiores obtienen más de 200 g
de fibra al día de su alimentación diaria. En contraste, la ingesta de fibra de
los adultos americanos está,
generalmente, por debajo de los 20 g/día, quedando las recomendaciones actuales
en 20-30 g/día.
Dado que la fibra consumida en el Paleolítico
provenía principalmente de frutas, raíces, legumbres, frutos secos y otras
fuentes vegetales no-cereales su contenido en ácido fítico debió ser menor que
el consumido actualmente en las naciones industrializadas, que proviene
principalmente del grano.
Por la misma razón, la proporción de fibra soluble
fermentable relativa a la insoluble debió ser mucho mayor para los humanos
pre-agriculturales que para los actuales. Existe una pequeña evidencia sobre
las dietas que contienen por encima de 50 g de fibra tienen un efecto negativo
sobre la absorción, aunque sea predominantemente trigo, con su alto contenido
en ácido fítico. Los restos óseos de los humanos pre-agriculturales sugieren
que su absorción de minerales era adecuada, aún cuando su ingesta de fibra excedía la estudiada por los
nutricionistas. La alta proporción de fibra soluble en la edad de piedra debió
afectar favorablemente al metabolismo lipídico.
Omme Healthcom, 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario