jueves, 7 de febrero de 2013

Plasmación de las necesidades nutricionales actuales

Temas de salud, gentileza de Omme Healthcom.

Nutrición y su evolución en el tiempo


Las necesidades nutricionales de los humanos actuales surgen a partir del proceso evolutivo de varios millones de años durante el cual los cambios genéticos reflejan las circunstancias vitales de nuestras especies antecesoras. Pero, desde la aparición de la agricultura 10.000 años atrás y especialmente, desde la revolución industrial, la adaptación genética ha sido incapaz de mantener el paso del progreso cultural. La selección natural ha producido sólo alteraciones menores durante los 10.000 años pasados, por lo que permanecemos casi idénticos a nuestros últimos ancestros del Paleolítico y su patrón nutricional continúa teniendo relevancia. La dieta pre-agricultural pueden ser considerada como un posible paradigma o estándar para la nutrición humana contemporánea. La ciencia de la nutrición se basa directamente en investigaciones epidemiológicas, bioquímicas y animales; el último árbitro en este campo puede ser sólo el laboratorio experimental y la investigación clínica. Esas aproximaciones pueden ser completadas, todavía, por una visión con perspectivas evolucionistas.

Necesidades energéticas
Los humanos del Paleolítico eran tan altos como los actuales. Los restos  de esqueletos muestran que desarrollaron una mayor masa magra. Las demandas físicas de la vida durante el período agrícola fue también fatigoso. Hasta la revolución industrial no se disoció la productividad del gasto calórico humano. Por ejemplo, la mecanización de granjas en Japón redujo la media de gasto en el trabajo por encima del 50%, mientras que la proliferación de artilugios laborales entre 1956 y 1990 en Bretaña redujo el gasto calórico en un sorprendente 65%.
La altura, robustez y la inevitable ‘fisicalidad’ de los humanos pre-agriculturales determinaba una ingesta calórica mayor que la de la mayoría de occidentales del s. XX.
Estudios recientes con cazadores-recolectores señalan que estos son delgados, con pliegues de grasa cutánea la mitad de gruesos que los de los comparables por edad en la actualidad.
Por lo tanto, nuestros remotos ancestros debieron haber existido en un ambiente de mayor energía caracterizado por un mayor gasto y una mayor ingesta  que en la actualidad. Además, la caza y plantas salvajes contienen menos grasa, más proteínas y más micronutrientes por unidad de peso que los alimentos típicos que encontramos en los supermercados hoy.
Como resultado, los altos requerimientos calóricos de los humanos del Paleolítico habrían necesitado una ingesta considerablemente superior de nutrientes y fibra a lo común hoy día.

Micronutrientes y fitoquímicos
Frutas, raíces, legumbres, frutos secos y otros no-cereales proporcionaban 65-70% de la media de la base de subsistencia. Eran consumidos en horas de recolección con un procesado mínimo y a menudo sin cocinar.  Esos alimentos y la caza se caracterizan por un alto contenido de vitaminas y minerales relativos a su energía disponible. Las autoridades sanitarias tradicionalmente recomiendan niveles de ingesta de nutrientes esenciales adecuados a las necesidades metabólicas conocidas. Sin embargo, asumiendo un patrón 65:35 planta:animal y 3000 kcal/día, parece ineludible que nuestros ancestros preagriculturales debían tener una ingesta de la mayoría de vitaminas y minerales por encima de las recomendaciones actuales, tanto en términos absolutos o en relación a la ingesta de energía.
El contenido de fitoquímicos no-nutrientes en alimentos vegetales salvajes es desconocido, sin embargo es plausible sospechar que su concentración puede ser relativamente alta, igual que la de los micronutrientes. El rol fisiológico de esas sustancias que son inhibidores de las proteasas, isocianatos orgánicos, compuestos organosulfurados, fenoles y flavonoides no ha sido establecido, pero su posible función como modificadores de la respuesta biológica y/o como compuestos quimioprotectores atraen continuamente la atención de las investigaciones.

Electrolitos
Los humanos pre-agriculturales consumían, según lo calculado 768 mg de Na, pero 10.500 mg de K al día (los americanos actuales 4000 mg Na, 75% añadido; 2500-3400 mg K).
Las potenciales implicaciones de la ingesta de electrolitos en el Paleolítico aparece aparentemente en el Intersalt Study (Intersalt Corporative Research Group, 1988) cuyos protagonistas incluidos son los Yanamamo y los Xingo amerindios y los Asaro de Nueva Guinea. Estos grupos son horticultores rudimentarios , que están relativamente aislados y sus alimentos, como los de los cazadores-recolectores, no tienen sal añadida. Su ratio Na/K es 0,13, similar a la calculada para los humanos preagricultores (0,07). Estas tribus estudiadas mostraron una menor presión sanguínea (102/62), ningún incremento de presión se produce con la edad y presentan una mínima prevalencia de hipertensión (0,6%).

Carbohidratos
La ingesta típica de H de C de los humanos ancestrales era similar en magnitud –45-50% de la energía diaria- a la de las naciones prósperas actuales, pero con una marcada diferencia cualitativa. Bajo la mayoría de circunstancias durante el final del paleolítico, la mayor parte de H de C se deriva de verduras y frutas, muy poco de cereales en grano y nada de harinas refinadas. Las actuales recomendaciones, que determinan un consumo humanos de 55% o más de su energía en forma de carbohidratos, es ligeramente alta comparada con las estimaciones de la experiencia evolucionaria humana, pero la diferente composición de los H de C involucrados probablemente presenta implicaciones más importantes. Sólo el 23% de los carbohidratos consumidos por los americanos está derivado de frutos y vegetales y para los europeos la proporción es aún menor. El corolario es que los humanos pre-agriculturales consumían aproximadamente tres veces los vegetales y frutos que la dieta occidental de hoy. Su dieta sería parecida a los veganos de hoy, cuyo consumo de vegetales, raíces, frutas y bayas es 2,6 veces la de un omnívoro equiparable y cuya ingesta de vitaminas antioxidantes es del 300%.
Muchos de los H de C consumidos en la actualidad son azúcares y endulzantes. Esos productos, junto con alimentos hechos con harinas refinadas proporcionan calorías vacías (energía sin aporte de aa esenciales, AG esenciales, micronutrientes y fitoquímicos).
Los cazadores-recolectores utilizaban muchos tipos de frutas y vegetales, a menudo por encima de 100 en cada localidad.
El índice glicémico de alimentos provenientes de plantas salvajes es, en general, menor que los alimentos derivados de la agricultura (patatas, pan, pasta, arroz,...). El efecto directo es que los carbohidratos de las fuentes actuales se digieren y absorben más rápidamente que en la antigüedad, factor de potencial relevancia en la etiología de, por ejemplo, la diabetes.

Grasa
Existe una opinión unánime de que la grasa saturada debería suponer menos del 10% de la E diaria, quizás 7-8%. Similar consenso existe sobre altas ingestas de colesterol (>500 mg/día) debe ser evitado y una ingesta de 300 mg o menos debe ser defendido. El objetivo sobre consumo de grasa debe estar entorno a 30-35%.
Los AG saturados proporcionaban cerca del 6% de la E a los humanos del Paleolítico. Su ingesta estimada de colesterol es de 480 mg, inevitable cuando la caza constituye una tercera parte de la base nutricional y su ingesta  total de grasa es proyectada hasta el 20-25% de la E total, intermedia entre la dieta tradicional japonesa (11%) y la mediterránea (37%).

PUFA

En países prósperos, los PUFA n-6 son aproximadamente 11 veces los n-3, pero el ratio en dietas vegetales es cercana al equilibrio, yendo de 4:1 a 1:1, un rango parecido al ratio de los primates libres. Muchas investigaciones se han centrado en los inuit de Groenlandia, con ratios n-6/n-3 de 1:40; sin embargo, su explotación extensiva de las fuentes marinas no concuerda con la observada paleoantropológicamente en los orígenes humanos en la sabana. La cadena alimenticia de la tierra proporciona ácido linoleico y linolénico de fuentes vegetales, así como sus derivados desaturados/elongados AA y EPA/DHA de tejidos animales. La prominencia de la caza en la dieta típica de los cazadores-recolectores produce altos niveles de AA, EPA y DHA en sus lípidos plasmáticos en relación a los encontrados en los occidentales.
AA es el precursor metabólico de poderosos eicosanoides como el tromboxano A2 y las cuatro series de leucotrienos. PUFA n-3, especialmente EPA y DHA, aparentemente modulan la biosíntesis de eicosanoides desde el AA, por lo que la formación de eicosanoides proagregativos y vasoconstrictores se reduce. Por ese efecto, parece que el ratio n-6/n-3 PUFA en la dieta, mejor que el aporte absoluto de PUFA n-3 es el factor decisivo. Además, los PUFA n-6 pueden actuar como promotores de la carcinogénesis, una propiedad aparentemente ausente de los PUFA n-3. Teniendo en cuenta esas consideraciones, muchos investigadores han defendido la vuelta al ratio n-6/n-3 de los ancestros humanos.

Proteínas
El consumo retrocalculado de proteínas por los humanos del Paleolítico, típicamente por encima del 30% de la E diaria, es difícil de conciliar con el actual 12% recomendado. La RDA es actualmente 0,8-1,6 g/kg/d, que contrasta con el 2,5-3,5 g/kg/d de la edad de piedra. El consumo observado de otros primates, como chimpancés, gorilas y otros es también mayor que la ingesta recomendada para humanos, yendo desde 1,6 hasta 5,9 g/kg/d. Sería paradójico si los humanos que durante la evolución añadieron la caza y las habilidades carroñeras a su más alta herencia primate, debería ahora de algún modo ser dañado como resultado de la ingesta de proteínas tolerada habitualmente o aún requerida por sus parientes próximos.
Estudios epidemiológicos han relacionado una alta ingesta de proteínas con cáncer, especialmente de mama y colon, pero la evidencia es inconsistente. Estudios de correlación entre países muestran que dietas altas en carne tienen una alta correlación con enfermedad coronaria aterosclerótica, pero esas dietas se presentan asociadas con altas ingestas de grasa saturada. Además, las dietas altas en carne en países industrializados tienden a estar restringidas en alimentos vegetales, especialmente frutas y verduras, que pueden incrementar la susceptibilidad al cáncer y aterosclerosis. De igual modo, la alta ingesta de proteína animal de los humanos pre-agriculturales, generalmente ocurren en un contexto nutricional bajo en grasa y de un consumo elevado de fruta y verdura. En esas circunstancias una dieta alta en proteínas puede en realidad aumentar el colesterol HDL, mientras que bajaría el colesterol total y los TG, de ese modo reduciendo el riesgo cardiovascular.
Una alta ingesta de proteínas purificadas y aisladas incrementa la excreción urinaria de calcio. En dietas naturales altas en proteínas también se incrementa el P, aumentando el riesgo de osteoporosis. Los humanos del Paleolítico desarrollaban un elevado pico de masa ósea, probablemente reflejando sus niveles habituales de actividad física junto con un amplio consumo de calcio. Parecían experimentar menor pérdida ósea que los subsecuentes agriculturistas con dieta baja en proteínas.
Las dietas altas en proteínas deberían empeorar el curso de la insuficiencia renal crónica. Sin embargo, las causas más prominentes de la enfermedad renal, diabetes e hipertensión, son raras entre los ‘forrajeros’.

Fibra
El análisis de los vegetales consumidos de los cazadores-recolectores estudiados y la evaluación de los restos coprolíticos de los nativos americanos arcaicos sugieren  que la ingesta  de fibra pre-agricultura excedía los 100 g/día. Los chinos rurales consumen 77 g y los africanos rurales de 60 a 120 g/día. Chimpancés y otros primates superiores obtienen más de 200 g de fibra al día de su alimentación diaria. En contraste, la ingesta de fibra de los adultos americanos  está, generalmente, por debajo de los 20 g/día, quedando las recomendaciones actuales en 20-30 g/día.
Dado que la fibra consumida en el Paleolítico provenía principalmente de frutas, raíces, legumbres, frutos secos y otras fuentes vegetales no-cereales su contenido en ácido fítico debió ser menor que el consumido actualmente en las naciones industrializadas, que proviene principalmente del grano.
Por la misma razón, la proporción de fibra soluble fermentable relativa a la insoluble debió ser mucho mayor para los humanos pre-agriculturales que para los actuales. Existe una pequeña evidencia sobre las dietas que contienen por encima de 50 g de fibra tienen un efecto negativo sobre la absorción, aunque sea predominantemente trigo, con su alto contenido en ácido fítico. Los restos óseos de los humanos pre-agriculturales sugieren que su absorción de minerales era adecuada, aún cuando su ingesta  de fibra excedía la estudiada por los nutricionistas. La alta proporción de fibra soluble en la edad de piedra debió afectar favorablemente al metabolismo lipídico.

Omme Healthcom, 2012


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